Torres Gemelas

Realizarán ceremonia en memoria de las víctimas del 9/11.

En un año en el que la pandemia del Covid-19 ha suspendido innumerables eventos culturales a nivel mundial, la conmemoración del 11 de septiembre (9/11) también vivirá cambios.

El 19° aniversario de los ataques terroristas estará marcado por dos actos, uno en la plaza conmemorativa del 11S y otro en una esquina próxima al World Trade Center, reflejando la división sobre la decisión del memorial de suspender la apreciada tradición de que los familiares lean los nombres de las víctimas en persona.

Se espera que el vicepresidente, Mike Pence, acuda a ambos actos en Nueva York mientras que el presidente, Donald Trump, y su rival demócrata en las elecciones de noviembre, Joe Biden, tienen previsto acudir a una recortada ceremonia en el Monumento Nacional del Vuelo 93 en Pensilvania.

En Nueva York, los dos haces de luz que evocan a las caídas torres gemelas estuvieron a punto de ser cancelados como medida de seguridad por la pandemia, hasta que la indignación causada por esta medida provocó un cambio en la decisión.

Algunos familiares de los fallecidos entienden que el acto en la zona cero tenga que cambiar este año ante la situación por la pandemia del coronavirus. Otros temen que la pandemia esté dejando en claro lo que temían: que el compromiso “¡Nunca olvidaremos!” se está perdiendo.

En el monumento al Vuelo 93, cerca de Shanksville, su tradicional ceremonia de 90 minutos será más corta, en parte por la eliminación de los momentos musicales. Se leerán los nombres de las 40 personas que murieron allí, aunque por una sola persona en lugar de por varios parientes, explicó la vocera Katherine Cordeka.

El Pentágono no ha detallado por el momento sus planes para la fecha.

Con información de medios internacionales.
BM.

A 15 años del atentado de las Torres Gemelas, la historia todavía sangra

A las 8.45 de la mañana (hora de Nueva York) del 11 de septiembre de 2001, en las Torres Gemelas, cuando un Boeing 767 de American Airlines se estrelló en el piso 80 de la Torre Norte del World Trade Center, los televidentes no sospecharon la aterradora verdad. Algunos, distraídos, creyeron que el impacto y el humo eran una ficción. Quizá el trailer de un film.

Otros, más atentos, recordaron el choque del bombardero militar B–25Mitchell contra el piso 79 de su célebre Empire State Building, el sábado 28 de julio de 1945. Recuerdo doblemente sombrío: la Segunda Guerra Mundial había terminado menos de tres meses antes, el 7 de mayo, con la rendición de Alemania, y esa escena repetía las cientos o miles iguales o peores conocidas desde 1939.

Pero las hipótesis duraron poco: apenas 18 minutos después, un Boeing idéntico y de la misma compañía impactó contra el piso 40 de la Torre Sur. Los dos aviones debían cumplir el mismo trayecto (Boston–Los Ángeles), pero fueron desviados por terroristas de Al–Qaeda, la organización regida por Osama Bin Laden.

Entre pasajeros y tripulantes, en ambos murió un total de 157 almas. Sin embargo, fue apenas el comienzo de la mayor tragedia norteamericana aire–tierra desde el bombardeo japonés a la base naval de Pearl Harbor, Hawaii: 2.403 muertos y 1.178 heridos. Bajas superadas por la destrucción de lasTorres Gemelas: 2.823 muertos y 6.000 heridos.

Recuerdos del infierno

Quince años han pasado. Pero jamás se apagarán la memoria ni las voces de quienes recuerdan a sus muertos o de los sobrevivientes. Así fueron…

A las 8.46, un minuto después del impacto en la primera torre, Michael Hingson, ciego de nacimiento, se levantó de la silla en su oficina del piso 78 de la torre norte, para buscar algo, y escuchó “un estallido” que lo paralizó. “Roselle, mi perro guía, se acercó a mí. Tomé su correa y le dije ‘¡Adelante!’. Salimos de la oficina lentamente. Todo era humo, ruido y confusión. Pero Roselle y yo éramos un gran equipo. Serenos, logramos bajar los 1.463 escalones, y ya en la calle sentí el aire, todavía fresco, en la cara. ¡Estábamos a salvo!“.

Casi al mismo tiempo en que la mujer del puertorriqueño Daniel López (39) escuchaba en el contestador las últimas palabras de su marido (“Liz, soy yo, Dan… Mi edificio sufrió un impacto. Estoy en el piso 78. Estoy bien, pero voy a seguir acá para ayudar a evacuar a otros. Nos vemos pronto“), y que nunca regresó, el bombero Ernie Armstead (53), afuera, intentaba sacar a algunos atrapados: “Pero una lluvia de escombros me sepultó casi por completo. No podía respirar. Alcancé a ver por lo menos a doscientas personas que salían del edificio, pero estaban a varios metros de mi posición. Hasta podía oírlos, pero el fuego nos separaba“.

Fue rescatado mientras su colega Hurley Lever (59), que casi fue aplastado por trozos del edificio y del avión, se enfrentaba a otro drama. Marlene Cruz,que trabajaba en el sótano de la torre norte, lo recordó así: “Fue horrible. Las luces estaban apagadas, el agua caía desde el techo, y creí que toda la estructura se iba a desmoronar. Abrí los ojos. No se veía nada. Pero cuando sentí que era mi final, un bombero me tomó por la cintura, y me sacó“.

El nigeriano Muyiwa Onigbogi (39), empleado de una empresa inmobiliaria,  llegó muy temprano a su oficina del piso 82 de la Torre Norte. “De pronto, el piso se sacudió. Con una colega fuimos hasta una de las muchas escaleras, mientras miles hicieron lo mismo. No corrimos: bajamos rápido y a buen ritmo. El humo se filtraba desde arriba; era muy difícil respirar. Apenas llegamos al lobby, la torre de al lado colapsó. Todo fue polvo y escombros. En la oscuridad, con la nariz y la garganta tapadas por la ceniza, ¡corrí por mi vida! Pasado un año de aquel día, sigo teniendo problemas para respirar, y no puedo dormir. Es como seguir atrapado y revivir el desastre todos los días. Cuando mi psicólogo me pregunta qué me perturba más, le digo: ¡las caras de los bomberos subiendo mientras nosotros bajábamos! No voy a olvidarlo jamás“.

Pasquale Buzzelli (32), norteamericano y empleado de la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey, estaba en su oficina del piso 64 de la Torre Norte cuando se estrelló el primer avión. “Con otros quince compañeros llamamos al personal de seguridad del edificio mientras ya, por la ventana, veíamos caer hierros y vidrios. Al principio me pareció que lo mejor era quedarnos, no bajar por las escaleras, porque en el 93 hubo un incendio y vi que se llenaban de humo. Pero cuando la segunda torre, la sur, fue atacada, empezamos a temer. Todos hablamos por teléfono con nuestras familias, y nos gritaban, angustiadas: ‘¡Váyanse de allí! ¡No pierdan tiempo!’. Pero el humo empezó a invadir nuestro piso… Cubrimos los marcos de las puertas con ropas mojadas, pero fue inútil. Cuando la Torre Sur se derrumbó, empezamos a bajar. Otro sacudón nos cubrió de escombros: cemento, caños, de todo… Me tiré en un descanso de la escalera, y en posición fetal me puse a rezar. Le pedí a Dios que cuidara a mi familia, y que si debía morir, la muerte me llegara despacio. Algo me golpeó en la cabeza, y no recuerdo nada más“.

Estuvo inconsciente más de tres horas. Se despertó en la misma posición fetal… pero el edificio ya no existía. Buzzelli, por azar, quedó sobre una montaña de escombros y parte de una escalera que quedó casi intacta. Lo rescataron. Tenía un pie fracturado, algunos cortes y muchos golpes. Aún después de mucho tiempo sufrió ataques de ansiedad, insomnio y depresión. Intentó volver a trabajar, pero no pudo. Pidió licencia por tiempo indefinido. Su gran sostén fueron su mujer, Louise, y su bebita de nueve meses.

A las 8.05 de ese 11 se septiembre, desde su escritorio en el piso 81 de laTorre Norte, Sujo John (27) le escribió un correo electrónico a su mejor amigo: “Estoy deprimido“. En febrero de ese año dejó su India natal, se instaló en un suburbio de Nueva York, y empezó un nuevo trabajo.

Su mujer, Mary, embarazada de cuatro meses, trabajaba en la torre contigua: la sur, piso 71.  Separados por el espacio entre los dos colosos y diez pisos, aguardaban la hora de salida para viajar juntos hasta su casa.
Es posible que la depresión de Sujo se debiera al brusco cambio de vida: entre Oriente a Occidente hay mucho más que miles de kilómetros.

A las 8.45, una brutal explosión lo sacó de sus cavilaciones. “El edificio vibró y tembló. Nuestro piso se llenó de gritos: ‘¡Se estrelló un avión… se estrelló un avión contra la torre!’. Los restos del avión cayeron casi a nuestros pies, y todo el piso de incendió. A pesar de las llamas, quisimos mantener la calma, pero fue imposible. Arriba y debajo de nosotros había un enorme cráter. Por primera vez comprendí que era mortal: algo que cuando eras muy joven te parece imposible. Huimos del fuego y llegamos a las escaleras. En ese momento sólo pensé en mi esposa y su embarazo. Traté de comunicarme con ella, pero los celulares no funcionaban. Una hora y media después pude llegar al primer piso. Todo era una imagen de muerte y destrucción: restos del fuselaje del avión, maderas ardiendo, vidrios rotos, cuerpos por todos lados. Era una zona de guerra. Caminé como pude hasta la otra torre con la esperanza de encontrar a Mary, pero cuando ya estaba muy cerca, el suelo empezó a temblar luego de otra explosión. La torre sur estaba destruida. Llovían enormes rocas y pedazos de acero. Caí y quedé rodeado de hollín y vidrio. Me levanté y vi cadáveres por todas partes. Casi cegado, vi una luz a pocos metros. Era un agente delFBI con una linterna. Nos agarramos de las manos y empezamos a caminar durante una hora respirando humo y cenizas. No pude comunicarme conMary, y perdí la esperanza de que estuviera con vida. Sin embargo, a la una del mediodía su teléfono sonó, y pude ver su nombre en la pantalla. Pero hasta que no oí su voz no creí que estuviera viva“.

En realidad, Mary… ¡no había entrado a la Torre Sur! Llegó cinco minutos después del impcato del primer avión, y empezó a caminar casi locamente, “pensando que John estaba muerto, y viendo con horror a gente que se arrojaba del edificio a la calle. A una muerte segura“.

Frankie De Vito tenía nueve años. Su abuelo paterno, Francesco, ingeniero de WNBC–TV, trabajaba en una de las torres, y no pudo escapar de la trampa: fue uno de los 291 cuerpos que se recuperaron enteros. No fue fácil decirle a Frankie que ya no lo vería más, que estaba en el cielo, etcétera: los argumentos que se usan en esos casos. Pero durante mucho tiempo no lo creyó. Lo buscaba de la mañana a la noche. Extrañaba, sobre todo, sus lecciones de carpintería. Porque a pesar de su título y su trabajo tecnológico, había traído desde su pueblo de Italia la ciencia milenaria de trabajar la madera. Y de madera eran muchos de los juguetes de Frankie. El legado de Francesco…

El banquero e inversor Richard Pecorella perdió a su novia, Karen Juday,secretaria de una financiera con sede en el piso 102 de la Torre Sur. Ella, nacida en Indiana, recaló en Nueva York en busca de un mejor trabajo, y llegó a amar a esa ciudad. Los planes de ambos estaban firmes y bien trazados. Pronto casamiento, hijos, y sin sobresaltos: Richard decía que era “más afortunado que dueño de una fortuna“, pero sus cuentas bancarias no conocían el rojo. El 11 de septiembre del primer año del siglo XXI, en el área del World Trade Center, el terrorismo masacró casi tres mil vidas y, de algún modo, fue el terrible símbolo de una guerra no declarada que cambió la brújula del mundo. Y ese torbellino se llevó a aquella chica de Indiana que tanto amaba a la Big Apple.

La historia que sigue supera cualquier intento de un guionista de cine o un novelista. John Vigianno era un bombero de Nueva York. Joe, su hermano, detective de la policía en la misma ciudad. El padre de ambos, bombero retirado, enfermó de cáncer, y John decidió ponerse ese uniforme y correr los mismos riesgos cuando percibió la entereza de su padre en la lucha contra la enfermedad. Una cuestión de coraje… Y por si poco fuera, recibió su placa profesional con el mismo número paterno: la número 3436.
En la mañana del desastre, y ya en acción, lo llamó para darle la noticia, y la conversación terminó como siempre: con un “I love you” por cada lado.

John, en ese momento, tenía 36 años. Su hermano Joe, 34. Qué extraño juego del destino: las dos edades formaban el número de la placa: 3436.
Los dos hermanos murieron entre las llamas, y el cáncer, no mucho después, se llevó al padre. Sobre el final, un médico le oyó decir “Por suerte, nuestras últimas palabras fueron ‘I love you“.

Beverly Eckert perdió a su marido, Sean Rooney, en la Torre Sur. Se conocieron a los 16 años en un baile del colegio. Esa mañana, cuando él la llamó –eran las 9.30–, tenía 50. Casi una vida juntos. Le dijo: “Estoy en el piso 102 tratando de salir, pero no puedo: las escaleras están llenas de humo“. Ella le preguntó si le costaba respirar, él le dijo que no, y ella le creyó. Diría después: “Me quería lo suficiente como para mentir… Después de un rato dejamos de hablar de vías de escape y empezamos a recordar de la felicidad compartida durante tantos años. Pero el humo se puso más espeso, me dijo, y repitió ‘I love you… I love you… I love you‘. ¡Yo quería arrastrarme a través de la línea del teléfono para abrazarlo por última vez! Pero de pronto oí un crujido horrendo, y después el estruendo de una avalancha: comprendí que el edificio y Sean estaban muertos. Me quedé con el teléfono apretado junto a mi corazón

on Sean confirmado como víctima fatal, recordó ante la prensa en cinco minutos, y hasta mucho después a solas: “Sus cálidos ojos marrones, su pelo oscuro y enrulado, y su maravillosa manera de abrazarme“. Más tarde se dedicó a confortar a familias que habían perdido padres, madres, hijos. Pero ni siquiera pudo enterarse de la muerte de Osama Bin Laden: murió dos años antes, al estrellarse el avión de la compañía Continental,vuelo 3407.  Iba a Buffalo, donde nació Sean, para celebrar el cumpleaños 52 del único hombre que amó.

A veces, el destino (si existe) es cruelmente irónico.

Al empezar los ataques contra las Torres Gemelas, el bombero Sunel Merchant estaba en el piso 48 del edificio norte, junto a su escritorio, cuando la estructura recibió el impacto del primer Boeing de la híper tragedia. “Sentí que me movía como en una escalera mecánica, y pensé que a partir de ese momento nada estaba en nuestras manos. Llegué al piso 30 y oí el estruendo del segundo avión golpeando mortalmente a la Torre Sur. Ví subir al primer bombero… Bajar es fácil, pero subir con todo el equipo en las espaldas es un esfuerzo sobrehumano. Tardé una hora el llegar al primer piso, y otra hora en poder hablar con mi familia, que no sabía si yo estaba vivo o muerto. Ese día recién me di cuenta de que los bomberos y los policías somos superhéroes: todos corrían para alejarse del fuego, y nosotros hacia adelante, para enfrentarlo“.

Por eso, cada 11 de septiembre regala comida a bomberos, policías y soldados en su restaurante de Alabama.Porque aún pasados muchos años, todavía tengo pesadillas de edificios que se mueven, se incendian o se caen, como si el desastre de las torres hubiera ocurrido ayer“.

Daños colaterales

En el ataque a las Torres Gemelas, una de las las mayores tragedias de nuestro tiempo y la primera del siglo XXI, murieron 343 bomberos. Más tarde, 850, entre bomberos y cuerpos de rescate. Y tres de los hombres que eligieron acaso la tarea más riesgosa del mundo: luchar contra el fuego, inicio de la civilización en las cavernas pero diabólico enemigo de ella después, se fueron de este mundo, entre los terribles dolores del cáncer, el mismo día: lunes 25 de septiembre de 2014.

Sus nombres y edades: Howard Bischoff (58), Robert Leaver (56), y Daniel Heglund (58).

No sorprende. Es, quizá, una pirueta de la Dama de la Guadaña, pero no para David Prezant, jefe de los servicios médicos del Departamento de Bomberos de Nueva York. Su breve informe para la prensa, después de años de estudios y estadísticas, le permite decir lo mismo que la respetada y respetable revista médica Lancet. Que los bomberos que trabajaron en laZona Cero tienen casi el 20 por ciento más de riesgo de cáncer que aquellos que no trabajaron en las horas y días posteriores del infierno desatado por el terrorismo el 11/9/01. “El derrumbe de dos torres de 110 pisos –dice– provocó que miles de toneladas de acero, cemento, cristales y amianto, además de los miles de litros de combustible de aviación y miles de kilos de plásticos, al arder, liberaron en la atmósfera indiscutibles sustancias cancerígenas“.

Prezant, además, describe las formas de cáncer posibles por la incidencia de esos elementos: “Los tumores de estómago, colon, próstata, tiroides, páncreas, hígado y melanomas aumentaron considerablemente después de la tragedia perpetrada por Al–Qaeda“.

Los helados guarismos

Demasiada sangre, muerte, dolor y desgarramiento de almas y corazones transcurren en esta evocación. Demasiados adjetivos. Por eso, a 15 años de un hecho que todavía cuesta creer y asumir, estos números son más aptos para comprender su dimensión.

Muertos: 2.823. Heridos: 6.000. Por cada mujer murieron 3 hombres. Promedio de edad de los muertos: entre 35 y 39 años. Tempertura que alcanzó el fuego: 1.260 grados. Tiempo que tardó el fuego en apagarse totalmente: 69 días. Partes de cadáveres hallados: 19.500. Cuerpos intactos: 291. Víctimas identificadas: 1.216. Niños huérfanos después del atentado: 1.300. Bebés que nacieron de mujeres cuyos maridos murieron ese día: 17. Crecimiento de alcohol y cigarrillos: 25 y 10 por ciento, en ese orden. Familias que no recibieron restos de los cuerpos: 1.717. Estrés post–traumático en Manhattan: 200 por ciento, incluidos más de 10.000 alumnos de escuelas públicas. Toneladas de escombros removidas: 1.506.124. Comienzo del bombardeo de los Estados Unidos a Afganistán, entonces posible refugio de Bin Laden: 26 días. Pérdida económica de Nueva York: 105.000.000.000 de dólares. Pagado por las empresas de seguros: 40.200.000.000 de dólares. Dinero a cada persona que perdió a su cónyuge: 1.000.000 de dólares.

Con información de infobae

5 censuras en el cine después del 9/11

Se cumplen 14 años de los atentados a las Torres Gemelas, una tragedia que marcó a todo el mundo. El ámbito del espectáculo no quedó exento. ¿La razón? Después del ataque varias películas sufrieron censuras, ediciones o cambios en su fecha de estreno.

“Spiderman”: La cinta de Sam Raimi, que convirtió a Tobey Maguire en superhéroe, fue censurada. Una escena en la que Spierman hacía una telaraña entre las Torres Gemelas fue eliminada.

“Gangs Of Nueva York”: Fue dirigida por Martin Scorsese y protagonizada por Leonardo DiCaprio y Daniel Day-Lewis. Se iba a estrenar a fines de septiembre de 2001, pero llegó a los cines hasta diciembre de 2002. ¿La causa? Los productores consideraron la cinta muy violenta y poco patriótica para que llegara a los cines al poco tiempo de los ataques.

“Zoolander”:  La película llegó a los cines el 28 de septiembre. No hubo tiempo para borrar las escenas en las que salían las Torres Gemelas. Una secuencia en la que aparecían tuvo que ser montada de nuevo,  para que no se vieran en la película por mucho tiempo.

“Lilo y Stich”:  Originalmente, el final de esta cinta mostraban una batalla aérea entre lo alienígenas, por los rascacielos de Nueva York. La secuencia fue eliminada del montaje, sin embargo se incluyó en el material extra del DVD.

“Daño Colateral”: En esta cinta, Arnold Schwarzenegger perseguía a los terroristas responsables del atentado donde murió su familia. El estreno de la película se retrasó, además se eliminó una escena en la que Sofía Vergara secuestraba un avión.

 

 

Con información e imágenes de Publimetro.